12.2.07

P. RODRÍGUEZ: formas útiles

Nació en Maracay, Venezuela, en 1974. Narrador; psicólogo egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Caracas. Especialista en Psicología Clínica Comunitaria, UCAB. Profesor de Psicología de la Personalidad y Psicopatología Clínica I, Escuela de Psicología, UCAB y miembro de la Unidad de Psicología del Parque Social Manuel Aguirre. Participó en el Taller Literario del CELARG (2000-2001), bajo la conducción de Ángel Gustavo Infante. Su libro inédito, “Caligrafías Salvajes”, recibió Mención Honorífica en la Bienal de Literatura “Augusto Padrón” (Maracay, 2003). Es colaborador regular de la revista electrónica http://www.panfletonegro.com/ desde Abril de 2002. Ha publicado textos en Ficción Breve Venezolana.
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Acá les va uno de sus cuentos:
Las formas de la naturaleza
Si bien es cierto que en el lejano tiempo en que el marqués de Grullet marchó con el vistoso séquito de su caballería al combate, la marquesa de Grullet acarició el propósito de una tentativa infiel que la dejó culposa y, tal vez, un poquito más enardecida, fue precisamente gracias a ese acontecimiento que dedujo —no se sabe si con razón o, simplemente, por un gesto de elegante recato— que los secretos flirteos aristocráticos carecían de gracia y decoro. Un sincero acto de conciencia le hizo comprender que la sería fácil agenciarse de la compañía voluptuosa de uno que otro noble de pernocta en su palacio, favores que de seguro, habrían de sido de inmediato prodigados con creces, si era de juzgarse por las apetitosas turgencias de sus senos y el vertiginoso recorrido de sus caderas y nalgas, tal como revelan sus retratos; pero pese a los honestos ardores de su dulce cuerpo no quería, en verdad, traicionar así no más la lejana tranquilidad con la que el marqués de Grullet se batía obstinadamente desde hacía algunos años en batalla contra los Normandos, que ya le daban suficientes dolores de cabeza. Se entiende que fue así como la marquesa, empecinada amante de la naturaleza, urdió una solución ingeniosa a su dilema y, en adelante, decidió aplicarse a la tarea de experimentar travesuras en la húmeda complicidad de los bosques aledaños. Al principio, jugó tímidamente con las eróticas e infantiles caricias de los conejos y armiños entre sus muslos pálidos; un par de meses después, ganada por la confianza y un poco más osada, coqueteó con ciertas frutas ovaladas y jugosas de las que aprendió con paciencia y una curiosidad acaso mayor a la cualquier enciclopedista magníficas gratificaciones, suspiros y movimientos retráctiles; más adelante, presa de las delicadas voluptuosidades del bosque se dio ya, propiamente, a la tarea de fornicar con árboles y arbustos cuidadosamente estudiados, tanto como con los más fieles y discretos animales de caza. Como ninguna felicidad es completa, la marquesa de Grullet hubo de advertir una aciaga tarde estival el retorno de su esposo, el marqués, acompañado por el ya bastante mermado séquito de su antes vistosa caballería; desde entonces, no le quedó más remedio que esparcir sus solitarias incursiones al bosque y a la floresta en beneficio de las nuevas descendencias, los compromisos sociales y otras obligaciones igualmente contractuales, hasta que el marqués de Grullet, obstinado ahora por una vaga inclinación diplomática, decidió dejar de un lado su pintoresca campiña y mudarse para siempre a la ciudad, donde conquistó, con honores, un destacado puesto y cortó, sin saberlo, la secreta lascivia de la marquesa, sumergida ahora entre ventanas de cristal, callejuelas empedradas, salones con espejos y mustios edificios grises. Mujer elegante y recatada, la marquesa de Grullet aceptó la renuncia a su feliz ars botanica y zoologica con la gracia natural de las mujeres sabias. Aunque bien es posible imaginar que su brillante imaginación no dejó jamás de coquetear con la misma locura deliciosa de una adolescente en sus dulces recuerdos naturales, al punto que se estaría dispuesto a considerar, de seguro con algo de verdad, que alguna vez la melancólica sucesión de los recuerdos más ardorosos debieron inducirla a juguetear golosamente con sus deditos. O con uno que otro objeto mal puesto de la peinadora. En un mundo donde en el lugar menos pensado se encuentra un biógrafo indiscreto, se han hecho fama las insidiosas páginas de un diario muy afilado que terminaría por dar con una imprenta mal puesta, donde se lee que en esas liviandades debió estar pensando la marquesa cuando en plena ceremonia nupcial de los futuros reyes, vieja y viuda ya, no pudo esconder una enigmática sonrisa cuando el obispo destacó los infinitos tesoros que el buen Dios escondió en la naturaleza para provecho de la humanidad.

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