9.6.07

De RÓMULO y su famosa Doña Bárbara

Rómulo Gallegos es quizás de los novelistas venezolanos más conocidos en el resto del mundo, y el más importante del siglo XX. Nació en Caracas en 1884 y muere en 1969. Fue también cuentista, dramaturgo, orador, articulista, periodista, profesor y político.

Fundador de la revista La Alborada, de los Estudios Ávila de Caracas y del Círculo de Bellas Artes, agrupación que reunió a destacados pintores y escritores de la época.

Como político ejerció diversos cargos públicos, desde la Presidencia de Ayuntamiento del Distrito Federal hasta La Presidencia de la República. Publicó importantes títulos para la literatura venezolana, entre los que destacan: La trepadora, (novela, 1925), Doña Bárbara (novela, 1929), Cantaclaro (novela, 1934), Canaima (novela, 1935) y Cuentos venezolanos (1949), algunos de los cuales han sido llevados al cine.

Sus novelas reflejan su interés por la vida del campesinado venezolano. En sus comienzos de narrador, Rómulo Gallegos publicó Los aventureros (1913), una colección de relatos. Entre 1910 y 1919 publica varios cuentos. En sus obras siempre mantendrá el realismo. Sus cuentos se dividen en tres temáticas fundamentales: A) Los de crítica de costumbres. B) Los de ambiente criollo donde plantea la antinomia civilización y barbarie. C) Los que describen pasiones, desequilibrios y anormalidades.

Siguió a esta obra El último Solar (1920), una novela que reeditaría en 1930 con el título de Reinaldo Solar, historia de la decadencia de una familia aristocrática a través de su último representante, en el que se adivina a su amigo Enrique Soublette, con quien fundara en 1909 la revista Alborada. En 1922 escribe El forastero pero lo publica recién en 1942 por temor al dictador Gómez. En 1922 logra publicar La rebelión. En 1925 publica La trepadora. En ambas trabaja el problema del mestizaje, planteando como solución los matrimonios mixtos. En 1926 viaja a Europa y en Lourdes redescubre su fe perdida.

En 1927 presencia los llanos venezolanos para documentarse para su próxima novela. El resultado sería Doña Bárbara publicada en 1929. Esta novela lo llevaría al reconocimiento público, fue la más exitosa de sus obras. El dictador Juan Vicente Gómez al ver su prestigio lo nombró en 1931 senador por el estado de Apure, pero sus convicciones democráticas lo hicieron renunciar al cargo y expatriarse. En 1931 se exilia a Nueva York.

En 1932 va a España y permanece allí hasta que en 1935 muere el dictador y Rómulo Gallegos decide volver a Venezuela. En 1934 publica Cantaclaro, y en 1935 Canaima. Así como para Gallegos el mestizaje era la solución de los conflictos entre mantuanos e indígenas, el mestizaje también será la solución de los conflictos de civilización y barbarie. El general López Contreras asume la presidencia. Se inicia una era reformista en Venezuela, en 1936 fue nombrado ministro de Educación en el gobierno de Contreras, cargo al que también renunció por los mismos escrúpulos morales.

En 1937, Gallegos es elegido diputado y poco a poco abandonará la literatura para dedicarse a la política. Ese año publica Pobre negro. En 1942, publica El forastero, y al año siguiente Sobre la misma tierra. En 1951 publica su última novela publicada: La brizna de paja en el viento. Pues en 1952 comienza a redactar otra que jamás publicó: Tierra bajo los pies. En 1941 el partido democrático nacional propone a Gallegos como presidente. En las primeras elecciones libres de Venezuela de 1947 Gallegos es elegido presidente de la nación. Toma el cargo el 15 de febrero de 1948 pero en noviembre del mismo año el ejército se subleva bajo el mando de una junta militar encabezada por Carlos Delgado Chalbaud y muere la experiencia democrática. Exiliado de nuevo en Cuba y México en 1949, Rómulo Gallegos regresó a su país al ser liberado éste de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958, pero ya no se dedicaría a la política.

El Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos fue creado el 6 de agosto de 1964 mediante el decreto Nº 83, promulgado por el entonces Presidente de Venezuela, Raúl Leoni, en honor al novelista y político venezolano Rómulo Gallegos. En un principio su objetivo era premiar novelas latinoamericanas, pero a partir de la década de 1990 se expandió a todo el ámbito hispanoparlante. El primer autor no americano en recibir el premio fue Javier Marías.

Desde un principio se convirtió en uno de los premios más importantes en el ámbito de la narrativa en lengua castellana, en plena coincidencia con el boom latinoamericano, a tal grado que los primeros tres ganadores, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, eran parte de dicho movimiento.

Se le considera uno de los premios más importantes para la narrativa castellana y es considerado por muchos el premio más importante de Hispanoamérica. Es otorgado por gobierno de Venezuela por medio del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.


PATARUCO
Rómulo Gallegos



Pataruco era el mejor arpista de la Fila de Mariches. Nadie como él sabía puntear un joropo, ni nadie darle tan sabrosa cadencia al canto de un pasaje, ese canto lleno de melancolía de la música vernácula. Tocaba con sentimiento, compenetrado en el alma del aire que arrancaban a las cuerdas grasientas sus dedos virtuosos, retorciéndose en la jubilosa embriaguez del escobillao del golpe aragüeño, echando el rostro hacia atrás, con los ojos en blanco, como para sorberse toda la quejumbrosa lujuria del pasaje, vibrando en el espasmo musical de la cola, a cuyos acordes los bailadores jadeantes lanzaban gritos lascivos, que turbaban a las mujeres, pues era fama que los joropos de Pataruco, sobre todo cuando éste estaba medio "templao", bailados de la "madrugá p'abajo", le calentaban la sangre al más apático.


Por otra parte, el Pataruco era un hombre completo y en donde él tocase no había temor de que a ningún maluco de la región se le antojase "acabar el joropo" cortándole las cuerdas al arpa, pues con un araguaney en las manos el indio era una notabilidad y había que ver cómo bregaba.


Por estas razones, cuando en la época de la cosecha del café llegaban las bullangueras romerías de las escogedoras y las noches de la Fila comenzaba a alegrarse con el son de las guitarras y con el rumor de las "parrandas", al Pataruco no le alcanzaba el tiempo para tocar los joropos que "le salían" en los ranchos esparcidos en las haciendas del contorno.


Pero no había de llegar a viejo con el arpa al hombro, trajinando por las cuestas repechosas de la Fila, en la oscuridad de las noches llenas de consejas pavorizantes y cuya negrura duplicaban los altos y coposos guamos de los cafetales, poblados de siniestros rumores de crótalos, silbidos de macaureles y gañidos espeluznantes de váquiros sedientos que en la época de las quemazones bajaban de las montañas de Capaya, huyendo del fuego que invadiera sus laderas, y atravesaban las haciendas de la Fila, en manadas bravías en busca del agua escasa.


Azares propicios de la suerte o habilidades o virtudes del hombre, convirtiéronle, a la vuelta de no muchos años, en el hacendado más rico de Mariches. Para explicar el milagro salía a relucir en las bocas de algunos la manoseada patraña de la legendaria botijuela colmada de onzas enterradas por "los españoles"; otros escépticos y pesimistas, hablaban de chivaterías del Pataruco con una viuda rica que le nombro su mayordomo y a quien despojara de su hacienda; otros por fin, y eran los menos, atribuían el caso a la laboriosidad del arpista, que de peón de trilla había ascendido virtuosamente hasta la condición de propietario. Pero, por esto o por aquello, lo cierto era que el indio le había echado para siempre "la colcha al arpa" y vivía en Caracas en casa grande, casado con una mujer blanca y fina de la cual tuvo numerosos hijos en cuyos pies no aparecían los formidables juanetes que a él le valieron el sobrenombre de Pataruco.


Uno de sus hijos, Pedro Carlos, heredó la vocación por la música. Temerosa de que el müchacho fuera a salirle arpista, la madre procuró extirparle la afición; pero como el chico la tenía en la sangre y no es cosa hacedera torcer o frustrar las leyes implacables de la naturaleza, la señora se propuso entonces cultivársela y para ello le buscó buenos maestros de piano. Más tarde, cuando ya Pedro Carlos era un hombrecito, obtuvo del marido que lo enviase a Europa a perfeccionar sus estudios, porque, aunque lo veía bien encaminado y con el gusto depurado en el contacto con lo que ella llamaba la "música fina", no se le quitaba del ánimo maternal y supersticioso el temor de verlo, el día menos pensado, con un arpa en las manos punteando un joropo.


De este modo el hijo de Pataruco obtuvo en los grandes centros civilizados del mundo un barniz de cultura que corría pareja con la accion suavizadora y blanqueante del clima sobre el cutis, un tanto revelador de la mezcla de sangre que había en él, y en los centros artísticos que frecuentó con éxito relativo, una conveniente educacion musical.


Así, refinado y nutrido de ideas, tornó a la Patria al cabo de algunos años y si en el hogar halló, por fortuna, el puesto vacío que había dejado su padre, en cambio encontró acogida entusiasta y generosa entre sus compatriotas.


Traía en la cabeza un hervidero de grandes propósitos: soñaba con traducir en grandiosas y nuevas armonías la agreste majestad del paisaje vernáculo, lleno de luz gloriosa; la vida impulsiva y dolorosa de la raza que se consume en momentáneos incendios de pasiones violentas y pintorescas, como efímeros castillos de fuegos artificiales, de los cuales a la postre y bien pronto, sólo queda la arboladura lamentable de los fracasos tempranos. Estaba seguro de que iba a crear la música nacional.


Creyó haberlo logrado en unos motivos que compuso y que dio a conocer en un concierto en cuya expectativa las esperanzas de los que estaban ávidos de una manifestación de arte de tal género, cuajaron en prematuros elogios del gran talento musical del compatriota. Pero salieron frustradas las esperanzas: la música de Pedro Carlos era un conglomerado de reminiscencias de los grandes maestros, mezcladas y fundidas con extravagancias de pésimo gusto que, pretendiendo dar la nota típica del colorido local sólo daban la impresión de una mascarada de negros disfrazados de principes blondos.


Alguien condensó en un sarcasmo brutal, netamente criollo, la decepción sufrida por el público entendido.


—Le sale el pataruco; por mucho que se las tape, se le ven las plumas de las patas.


Y la especie, conocida por el músico, le fulminó el entusiasmo que trajera de Europa.


Abandonó la música de la cual no toleraba ni que se hablase en su presencia. Pero no cayó en el lugar común de considerarse incomprendido y perseguido por sus coterráneos. El pesimismo que le dejara el fracaso, penetró más hondo en su corazón, hasta las raíces mismas del ser. Se convenció de que en realidad era un músico mediocre, completamente incapacitado para la creación artística, sordo en medio de una naturaleza muda, porque tampoco había que esperar de ésta nada que fuese digno de perdurar en el arte.


Y buscando las causas de su incapacidad husmeó el rastro de la sangre paterna. Allí estaba la razón: estaba hecho de una tosca sustancia humana que jamás cristalizaría en la forma delicada y noble del arte, hasta que la obra de los siglos no depurase el grosero barro originario.


Poco tiempo después nadie se acordaba de que en él había habido un músico.


Una noche en su hacienda de la Fila de Mariches, a donde había ido a instancias de su madre, a vigilar las faenas de la cogida del café, paseábase bajo los árboles que rodeaban la casa, reflexionando sobre la tragedia muda y terrible que escarbaba en su corazón, como una lepra implacable y tenaz.


Las emociones artísticas habían olvidado los senderos de su alma y al recordar sus pasados entusiasmos por la belleza, le parecía que todo aquello había sucedido en otra persona, muerta hacía tiempo, que estaba dentro de la suya emponzoñándole la vida.


Sobre su cabeza, más allá de las copas oscuras de los guamos y de los bucares que abrigaban el cafetal, más allá de las lomas cubiertas de suaves pajonales que coronaban la serranía, la noche constelada se extendía llena de silencio y de serenidad. Abajo alentaba la vida incansable en el rumor monorritmico de la fronda, en el perenne trabajo de la savia que ignora su propia finalidad sin darse cuenta de lo que corre para componer y sustentar la maravillosa arquitectura del árbol o para retribuir con la dulzura del fruto el melodioso regalo del pájaro; en el impasible reposo de la tierra, preñado de formidables actividades que recorren su circulo de infinitos a través de todas las formas, desde la más humilde hasta las más poderosas.


Y el músico pensó en aquella oscura semilla de su raza que estaba en él pudriéndose en un hervidero de anhelos imposibles. ¿Estaria acaso germinando, para dar a su tiempo, algún sazonado fruto imprevisto?


Prestó el oído a los rumores de la noche. De los campos venían ecos de una parranda lejana: entre ratos el viento traía el son quejumbroso de las guitarras de los escogedores. Echó a andar, cerro abajo, hacia el sitio donde resonaban las voces festivas: sentía como si algo más poderoso que su voluntad lo empujara hacia un término imprevisto.


Llegado al rancho del joropo, detúvose en la puerta a contemplar el espectáculo. A la luz mortal de los humosos candiles, envueltos en la polvareda que levantaba el frenético escobilleo del golpe, los peones de la hacienda giraban ebrios de aguardiente, de música y de lujuria. Chicheaban las matacas acompañando el canto dormilón del arpa, entre ratos levantándose la voz destemplada del "cantador" para incrustar un "corrido" dedicado a alguno de los bailadores y a momentos de un silencio lleno de jadeos lúbricos, sucedían de pronto gritos bestiales acompañados de risotadas.


Pedro Carlos sintió la voz de la sangre; aquella era su verdad, la inmisericorde verdad de la naturaleza que burla y vence los artificios y las equivocaciones del hombre: él no era sino un arpista, como su padre, como el Pataruco.


Pidió al arpista que le cediera el instrumento y comenzó a puntearlo, como si toda su vida no hubiera hecho otra cosa. Pero los sones que salían ahora de las cuerdas pringosas no eran, como los de antes, rudos, primitivos, saturados de dolorosa desesperación que era un grañido de macho en celo o un grito de animal herido; ahora era una música extraña, pero propia, auténtica, que tenía del paisaje la llameante desolación y de la raza la rabiosa nostalgia del africano que vino en el barco negrero y la melancólica tristeza del indio que vio caer su tierra bajo el imperio del invasor. Y era aquello tan imprevisto que, sin darse cuenta de por qué lo hacían, los bailadores se detuvieron a un mismo tiempo y se quedaron viendo con extrañeza al inusitado arpista.


De pronto uno dio un grito: Había reconocido en la rara música, nunca oída, el aire de la tierra, y la voz del alma propias. Y a un mismo tiempo, como antes, lanzáronse los bailadores en el frenesí del joropo.


Poco después camino de su casa, Pedro Carlos iba jubiloso, llena el alma de música. Se había encontrado a sí mismo; ya oía la voz de la tierra...


En pos de él camina en silencio un peón de la hacienda.


Al fin dijo:


— Don Pedro, ¿cómo se llama ese joropo que usté ha tocao?


— Pataruco.


Fuentes: Ficción Breve Venezolana y Wikipedia

3 comentarios:

Claudia Campos dijo...

Hola Nadir, en principio queria felicitarte por tus excelentes blogs. Una linda persona como lo es Luisa de la Ville me dio la direccion para contactarme contigo, acabo de llegar hace un par de meses a Mexico si pudieras contactarme a mi correo seria muy bueno calulax@yahoo.es, muchas gracias por tu atencion.

Antropóloga Nadir Chacín dijo...

Gracias por tu comentario, me da gusto. Luisa de Ville, mi querida, gran cineasta y documentalista venezolanita de pura cepa. Te escribiré...
Saludos desde México a Luisa y bienvenida a la tierra del nopal, Claudia.

Anónimo dijo...

Que Blog tan bien hecho Nadir, te felicito de veras es algo muy util para la literatura, hermoso para los sentidos, con unn gran sentido estetíco y de amor por lo que se hace.

Gabriel Jimenez Eman

telef 0416 7524986